Bienvenidos. La entrada del día de hoy esta dedicada enteramente al “enemigo”. A todos los asesinos de la belleza en el género musical. Aunque vale aclarar que no es una crítica a los seguidores y aquellos que gustan oír esta clase de barbarie musical: No. Ellos son víctimas. Patológicamente podríamos decir que padecen Síndrome de Estocolmo, ya que están son cómplices de sus captores, de aquellos que les secuestran la capacidad de apreciar el arte. Bien sabemos que la decadencia musical que atraviesa a todo el continente latinoamericano no es un proceso inconexo e independiente de cualquier otro relacionado con la dominación de nuestras mentes.
Y cuando digo esto, no pretendo hacer gala de que tengo la suerte de haberme salido de la Matrix , y estar exento de apreciar esas aberraciones hechas fonogramas, mas sí pretendo hacer una observación sobre esta realidad. No voy a caer en falsas grandilocuencias de creer que escribiendo esto en un blog sin difusión voy a cambiar algo (ni pretendo hacerlo.) Me limito a observar, y a decir mis verdades, como quién se sienta en el banco de una plaza y trata de hacer un retrato más o menos fiel de lo que ve.
Para lograr la dominación efectiva de nuestras mentes no basta con el plano económico: ahora vienen también por la cultura.
Quienes nos colocan en una caverna de espaldas a la salida, frente a las sombras, y nos impiden ver el sol, son también los que mueven los piolines de todos estos títeres de la industria de la mal llamada música popular. Y es que eso es: una industria, que fabrica una mercancía más que se vende descaradamente y se produce a nivel masivo. Y esto no debería ser llamado música. La música es arte, y por su condición de arte, no se reproduce cómo otra mercancía más. Aunque según parece, “el enemigo” encontró la receta para fabricar a escala sujetos nefastos que hagan su música al servicio de la superganancia y la dominación cultural. Para cerrar mi punto, dejo un fragmento de uno de los más grandes exponentes de la cultura joven de nuestro país al respecto:
“Hay un montón de música popular nefasta. Hoy se la consume con avidez pero, tarde o temprano, cuando todos crezcan y vean el legado que les han dejado a sus hijos, la falta de creatividad y la poesía, se van a dar cuenta de que les dejaron nada más y nada menos que una bolsa llena de basura.
¿Sabés lo que me imagino con mucha suspicacia? Que después va a haber arrepentidos de esas músicas porque para mí algunos son torturadores de oídos.
¿Se podría hablar de fascismo musical?
¿Y por qué no? Ese fascismo está en crear un modelo para la estupidez, como método previo para poder manejar a la gente. Provocar estupidez de las personas hasta finalmente anularlas y dominarlas. “El bajo hampa y la prostitución”, como decía Michel Foucalt. Deja de ser divertido para convertirse en una mueca de la muerte. Es una risotada que anticipa el momento del horror.
La gente siempre necesitó que le digan las cosas claras y, en estos últimos años, hay mucho texto y mucho mensaje que pareciera provenir de un cerebro idiota, en todos los órdenes. Por eso es que tenemos que combatir a ese enemigo todo lo que podamos, porque no se puede sumar en base a ese gran cerebro idiota. Así es como después la gente sale a robar.
Hoy más que nunca hay que marcar la diferencia, pero no por falsas ideas progresistas, sino a través de un poco de conocimiento, de lectura, de inventiva. Es necesario usar la imaginación contra el cerebro adormecedor y anulador de sentimientos. Y no me refiero solamente a la música. Hablo de esas caras de tarados que tenemos que soportar en la televisión. De esos delincuentes que tratan de crear en sí mismos el efecto de juez y verdugo y son una basura para nuestra cultura. [...] Los de la canción romántica y el pop subtropical, los “himneros” de la recaudación discográfica, son viciosos de lo fácil, porque ganan un montón de plata con dos tonos, un plagio y una letra horrible, y aprovechan la necesidad de la gente de escuchar algo fácil.
Luis Alberto Spinetta, en “Martropía”, de Juan Carlos Diez (2006)
Sin más. Dejo esta simple apreciación a juicio de quién lee.
Me retiro.
Saludos.
S.L